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miércoles, 2 de junio de 2010

Tu amistad y lo demás





TU AMISTAD Y LO DEMÁS



Ya pasó una semana y no me escribes. Normalmente te conviene ser inteligente o más inteligente de lo que yo creo que puedes ser cuando menos me conviene. Ayer fue el día que más inteligente te he visto, y te diré, Andrea querida, qué resultaste ser mucho más inteligente que yo, y por eso te quiero tanto y si alguna vez tengo una hija le pondré tu nombre, o el nombre que tú me digas. ¿Sabes que todo lo que digo es mentira? Lo sabes. No le pondré tu nombre, pero es muy posible que le ponga el nombre que tú me digas.

Te hablo de estos temas y de otros, y normalmente de temas que ya ni al caso, tú te ríes y me dices: “fácil la harías si te decides a armar un monólogo o algo así”. Yo sé que en realidad si me decidiera a hacer tal proyecto lo normal sería que fracase y te culpe por animarme a esa idea loca. De ningún modo lo haría, pero hacerlo por verte reír justifica todo. Entonces recuerdo al protagonista de “Dos hombres y medio”, al tipo mujeriego y loco─porque ser mujeriego ya es una forma de locura y terminas siendo un loco del carajo─entonces te digo que mejor es ir a ver una película y advierto que no tengo dinero. Tener o no tener dinero contigo no es muy importante, normalmente tú eres la chica dispendiosa que no permite que pague toda la cuenta de la pizza o de los helados, y yo no estoy dispuesto a darte la contra y eso me parece un acto noble y una buena manera de preservar por muchos años más nuestra amistad. Miro mi billetera con el único dólar que queda y con un billete gastado que era para abrir un curso de miedo en la universidad. No pasa mucho rato y ya estamos tomando un helado, tú tosiendo y yo pensando que seguramente me enfermaré y tendré una excelente razón para faltar a esas clases de madrugada a las que forzosamente asisto todos los días. Y de no ser por Luana, una chica simpática, quien me timbra (no pocas veces) y me despierta, yo no llegaría a tiempo ni a destiempo: simplemente no llegaría y me quedaría dormido, calmado y tendido tranquilamente en mi cama como en la película Avatar.

Ya casi es de madrugada. Prendo la computadora y respondo como un demonio los mensajes que he dejado durante dos días desde que me “desconecté”. Y comprenderás porqué digo eso, Andreita, pues fuiste tú la razón por la que no entré al Chat, ni al Facebook, ni prendí mi celular durante dos días. Y eso, no prenderlo y ausentarme de toda red social, y no social, fue lo más inteligente que he podido hacer en estos días para preservar nuestra amistad. Sabes que te quiero más que cuando eras mi chica, pero a veces me gusta mi privacidad y me gusta hacer cosas que normalmente a ti no te gustan, y te repito la frase que tanto te gusta: “son cosas de chicos”. ¿Qué son cosas de chicos? Tú sabes…ya no somos chicos; y que lo mejor es decir la verdad y a veces dejarse llevar y actuar guiado por la razón y por el amor; porque es muy peligroso dejarse guiar por el amor y luego por la razón. No se puede. Yo no he podido. Tú tampoco has podido y gracias a eso seguimos hablando y saliendo noche a noche, y cuando se puede, no está de más una salida para conversar de tantos temas que no son importantes pero son buenas excusas para, de una forma especial, reunirnos y hablar. Recuerda que me encanta doblar la servilleta y escribirte frases que podrían ser cursis, pero no para ti. Que podrían ser románticas, pero no para mí; frases que solo te escribo mientras estás eligiendo una variedad de café que sirven en unas tazas tan pequeñas que hacen una perfecta ironía con su precio y con nuestra amistad. Saco un lapicero del bolsillo y te anoto brevemente: “Eres la mejor amiga que he podido tener, la que yo siempre elegiría”.

Salimos del café y me tomas del brazo, te quiero tomar de la mano pero sé que no debo. Sé que no debo porque prefiero tener tu amistad y “seguir siendo tu amigo”. Hace frío y lentamente subimos por las escaleras. De pronto dejas de sujetarte y me dices: “vamos a ver ropa”. Te espero pacientemente en un sillón, la vendedora se ríe y yo me río de la vendedora y te digo que todo te queda perfecto, y es cierto, todo te queda bien, pero tú crees que no es así y sigues probándote más prendas y luego sales con dos bolsas y yo no sé que habrás elegido al final, pero lo que sea te quedará perfecto y se te verá súper linda como siempre. Y por eso, por saber esperar y decirte que todo te queda bien, sé que me quieres.

Te despido con un beso breve, espero que entres a tu casa y me alejo en el Taxi, que curiosamente tiene una tarifa y jamás pido rebajas y si las pidieras de seguro no me las hicieran (según mi teoría: los taxistas le cobran lo que quieren a los enamorados porque ellos siempre pagan en silencio y sin molestia. Ya en su casa se dan cuenta de todo).
No pasa mucho y ya estoy en la computadora, y mientras el peón verde del MSN gira y gira…yo también pienso en ti. Sé que no te conectarás esa noche. Nunca lo haces cuando salimos, y eso es muy inteligente de tu parte.

Si no fuésemos amigos, lo más probable es que fuésemos enemigos; pero nunca algo intermedio, algo promedio, siempre algo extremamente bueno”. Tan bueno como la última salida. Tan bueno como cuando me dices que no quieres ir al cine y yo voy solo y te cuento todo por SMS desde el cine. Tan bueno como cuando te llamo de madrugada y te digo que te extraño y que me gustaría tomar un Taxi y llegar a tu casa para decirte lo mismo personalmente. Tan bueno como cuando me escribes y me dices que escribes mejor que yo. Tan bueno como cuando te digo que escribes tan bien que yo no podría siquiera pensar igualarte, y tú te ríes porque sabes que es psicología inversa y me dices que me quieres y que escribo bien y que pronto tendremos una salida para que me cuentes cosas interesantes y yo te digo que no tengo nada interesante que contarte, luego me dices “salir contigo es interesante”. Soy feliz, por ese efímero instante. Es un momento bueno: tan bueno que he prendido mi celular, he respondido todos mis mensajes y estoy completamente seguro que tú eres la chica a la que quiero y que estaba en mi destino ser tu amigo, y solo tu amigo, mientras tú con tu linda sonrisa y con tu silencio me lo hagas saber.


Harold.



viernes, 19 de marzo de 2010

EL PROTECTOR



─¿Te gusta tomar, no es verdad?
─Poco, no tanto como en realidad creen.
─¿Pedimos más trago, o por ahora está bien? ─le dije con la voz cansada.
─No, déjate de joder, pide una última. Estamos en lo mejor de la conversación…
Sabía que ya no debía pedir un trago más, pero se presentaba un dilema: si pedía otro trago el sujeto al que quería sacar información seguramente cruzaría esa delgada línea que lo separa de la realidad y hablaría tonterías y en ningún caso lo que yo quería escuchar; si no lo hacía, se pararía, me diría una grosería y se largaría para no volver a verme nunca. Tengo que reconocer que encontrarlo en este bar fue una coincidencia, que ya no se repetiría nunca más.


A los dos minutos el camarero ya había servido dos vasos más de trago, que no era barato y poco a poco me venía dejando tan pobre como si hubiera sido víctima del más cruel de los asaltos. Ya sin efectivo, pasé lentamente mi tarjeta y marqué mi clave discretamente.


─!Que pendejo, cómo vas a poner de clave: “2222”!
Luego se tomó el poco licor que aun quedaba en el vaso. Con la mirada distraída y las manos trémulas, se puso en pie y se acercó hasta mí, su olor a trago me causo asco─yo también había tomado varias copas─, fue como que me hablara al oído, como para contarme algún secreto, tal vez para contarme lo que yo había venido a averiguar esa noche


─Eres un cojudo, cambia tu clave porque está muy fácil, luego no te quejes si un día un hijo de mala madre te la roba y se mete una bomba espectacular con ese dinero que dices te ganas tan honradamente ¿Qué carajo será ganarlo honradamente? Igual cuando compras algo nadie te pregunta como diablos te ganas el dinero. Se paró de golpe se alejó y salió por la puerta estilo viejo oeste. Lo hubiera seguido pero me quedé estático, paralizado, tomando lentamente lo que quedaba en mi vaso, tratando de no pensar en nada, nublado por el olor a cigarrillo y alcohol del lugar.


Cuando metí la mano en el bolsillo del saco noté que faltaba mi tarjeta de crédito. “Borracho hijo de puta”, pensé en voz alta. Unos segundos después ya estaba tras el borracho. Pensé: “este cabrón no puede ir muy lejos, de seguro que solo ha cambiado de Bar, de seguro que está en Lobo azul”. Tomé un taxi y salí resuelto para encontrarlo en ese Bar, mucho más peligroso que el anterior, frecuentado por delincuentes de cuidado y gente que ha está dispuesta a dejar la vida en algún gran robo o secuestro. El taxista me dejó dos cuadras antes del lugar. “No compadrito, yo no entro más, estás loco luego quien me regresa el carro”. En cuanto bajé pisó el acelerador y se alejó como si hubiera perpetrado un crimen, una fechoría, con la maestría del más avezado delincuente que se burla de la policía y los ridiculiza con sus amagues y con su forma de salir del peligro. Fui afortunado de haber bajado salvo de ese taxi. Miré mi reloj, era casi la media noche.

En la puerta de entrada un tipo de rostro intimidante, con gafas oscuras, me detuvo el pase, como si aquel bar fuera una exclusividad, y su ingreso estuviera reservado solo para aquellos que burlan la ley y hacen lo que se les viene en gana para aterrorizar a una ciudad que con su sola presencia ya es terrible, ya es peligrosa.

─¿A quién buscas? ─me dijo el tipo de la seguridad, pude ver que tenía una estrella tatuada en la mano, como en las películas de policiales. Tenía todas las ganas de no dejarme pasar.
─Busco…a un tipo que me ha robado, y que estoy seguro que está en este bar.
Lanzó una breve risa, luego me sujeto del brazo con fuerza, para mostrarme que tenía poder para decidir quien pasa y quién no.
─Me ha robado, no entiende, un borracho, en el otro bar de “Taberna FB”, vamos, déjeme pasar, le prometo no causar disturbios, si no está pues me voy y no pasó nada.
─Tal vez se pueda solucionar de otro modo, haber si usted colabora─me dijo mientras ajustaba el arma a su cinturón.
─Solo me quedan $20, amigo, es lo que tengo.
─Pasa, no me conoces. Y cuando digo que no me conoces, no me conoces o si no te buscaré hasta en el puto infierno y te llenaré de todas estas putas balas que tengo aquí cargadas y que si supieras las ganas que tengo de metérselas al primer cabrón que se ponga malcriado o valiente en este lugar, me comprenderías. Terminó su frase y me dio una palmada en la espalda.


“Negro, cabrón de mala entraña, que te jodas” ─pensé─. Lo que vi dentro del lugar fue algo a lo que ya estaba acostumbrado. Y a diferencia de otros bares que había frecuentado en mis inicios, este era mucho más tranquilo, todos parecían gente decente. No era lo que yo tenía en la cabeza, lo que había visto en las películas compradas en lo de “Tonys”. El borracho no había por ningún lado. Me senté en la barra y pedí el mismo trago que pedí en el otro bar, en todos a los que frecuentaba últimamente. Me pasé buen rato pensando que debía estar loco para llegar a ese lugar buscando a un borracho de mierda que de seguro no estaba ahí, y que mi vida pendía de un hilo. Sentí ganas de usar el servicio higiénico, era de primera, todo limpio, todo en orden. Me estaba mojando un poco la cara cuando en el espejo se reflejó la imagen del borracho. Voltee de golpe, estaba parado justo a mi lado, con la mirada ligera, distraído como de seguro se habría pasado toda su vida.


─Hola, Martín, pensé que ya no te encontraría─me dijo con una maldita frescura.
─Yo sí pensé que nos encontraríamos. Y justo esta misma noche.
─No jodas, uno ya no puede cambiar de bar un rato, ya pensaba regresar al otro, encontrarte ahí y seguir la conversación…porque en eso estábamos.
─No, ya no. La conversación ha terminado. ¡Quiero mi maldita tarjeta de regreso!
─La puta que me pario, hombre, busca en bien en tus bolsillos.


Pensé pegarle un golpe justo en la nariz. No sé como metí la mano al bolsillo, para simular que le hacía caso y luego sacar desde ahí el puño violento hasta su cara. Dejarlo en el suelo, salir lo antes posible de ese maldito lugar, dormir un par de horas, despertarme temprano, tomar una buena ducha, pensar que esto no ha pasado; ir al primer banco que abra en la mañana y anular mi tarjeta de crédito.


─Vamos, hombre…busca, mete la mano al bolsillo, eso pasa, los bolsillos son tan grandes que las cosas se esconden ahí, y luego uno las encuentra en el momento menos pensado─terminó de decir esto y retrocedió dos pasos.


Metí la mano al bolsillo de mi saco, vaya sorpresa, mis dedos tocaron la estructura rectangular y plastificada de la tarjeta. Pensé: “este cabrón me la ha puesto mientras me lavaba la cara. Me la ha vuelto a hacer”.

Ya no tenía razón golpear a este hombre, tal vez lo de la tarjeta tenía que pasar para poder encontrarlo nuevamente, era solo como un descanso, como un breve momento de relajamiento y de cambio de escenario. Ahora estábamos en una mesa, la más alejada, la más discreta del bar, desde ahí se podía ver a los demás hablando cosas, escuchando esas cosas, planeando golpes a empresarios o gente de negocios. Todo en la discreta calma y privacidad. Todos de traje, con joyas y chicas guapas que rodeaban sus mesas. Yo con un puto borracho en la mía, tratando de averiguarle algo muy importante.


─Ya déjame de joder, Martín─me dijo el borracho, acomodándose la corbata gastada y sucia que traía.
─Trataré…no sé si pueda. Sería más fácil si la terminamos de una vez, si me dices por qué me mandaste ese mensaje, el martes por la media noche. Si me dices porqué me quieres proteger, si no tengo enemigos, si no tengo amigos que luego se conviertan en potenciales enemigos; si no te conozco, ni tú a mí. Sí no estoy tan loco como tú.
─Yo no estoy loco, yo solo te protejo.
─No quiero que me sigas mandando mensajes a mi casa. No quiero que me protejas de nadie. Sigue con tu maldita vida, toma lo que se te venga en gana, pero a mí, hazme un favor, ya no me jodas más. No te conozco, no existes. Esta mierda de lugar no existe. Yo debería estar en mi casa, jugando algo desde mi celular o mirando alguna película, y no contigo. Yo no debería haber venido hasta aquí, si quieres gástate todo el puto dinero de la tarjeta─se la tiré a la mesa─pero por Dios, ya déjame vivir tranquilo. Yo no estoy en peligro.
─Tú crees que decides tu suerte, tu vida. Ten cuidado, podrías estar equivocado…─me dijo llevándose las manos a la cara.
─Vete a la mierda, borracho del carajo.


Me paré de esa mesa y salí presuroso, molesto, con bronca por haber perdido tanto tiempo con un tipo que no conocía, y que tampoco quiero conocer. No sabía exactamente para que fui hasta ese lugar. Al salir ya no estaba el de la seguridad, me sentí aliviado por eso, por no verle la cara y recordarla de camino a casa. Caminé una cuadra para tomar un taxi, desde la ventana del taxi pude ver relampagueantes las luces del cartel eléctrico de “Lobo Azul”, y colapsando, intermitentes, quemándose, en breve ya apagadas.



Entré en mi biblioteca personal, todo en orden, todo puesto justo en su lugar, una mesa contra placada especialmente diseñada para un alto ejecutivo como yo. Prendí la computadora, y me puse a leer la versión digital del diario más prestigioso del país, el de más credibilidad, el mío. La noticia resaltante era: “muere prestigioso empresario en bar de los suburbios, se desconoce motivo que lo llevó hasta ese lugar; la policía se encuentra investigando el caso; más detalles…en breve”. Dejé la computadora inactiva mientras fui por una bebida. Cuando regresé tenía un mensaje nuevo, lo abrí, era breve, me había escrito un tal “Protector”, decía: “…usted podría estar equivocado”.


Mientras seguía leyendo las noticias veía que las descripciones, hora y lugar, eran justo las que había estado en ese bar, luego vi a algunos de mis familiares entrevistados por los reporteros. Vi la escena del crimen: en una mesa del fondo, un cuerpo acribillado por las balas, un vaso con un poco de licor, una tarjeta de crédito en medio de la mesa, un hombre que decía: “yo le dije que estaba en peligro”. De pronto fijé la vista en la cara del hombre. Estaban entrevistando al borracho.


“Maldito borracho hijo de puta, que se joda. Que se joda bien, que no se dan cuenta que yo estoy vivo. Yo estoy vivo y no necesito de su protección”, grité lo más fuerte que pude. Fui hasta una mesa justo al lado de la piscina, con la luz tenue, con la laptop, que seguía actualizando los datos, con la entrevista al borracho. “Yo le dije que tenía enemigos, yo traté de protegerlo, estábamos en la mesa, el me tiró esta tarjeta de crédito, yo no quería su dinero, yo quería protegerlo…”, pensé: “protege a tu hermana, cabrón”. Mientras apagaba la laptop, saqué mi tarjeta de crédito, la tiré justo al medio de la mesa…luego se escuchó un disparo, mi camisa francesa se fue manchando de sangre…lentamente fui cayendo sobre la mesa, sintiendo que la vida se me espacaba, que de pronto esa vida de lujos ya no sería más la mía, y los miles de dólares de la tarjeta dorada ya no los podría gastar. Con las manos trémulas tomé la tarjeta y le di un beso…una mano me tocó el hombro, luego alguien me dijo: “después de todo, algún día tenía que ayudarte. Todo este dinero te dañaba, te hacía una mala persona, un sujeto vil, malvado, egoísta. Tengo que protegerte". Luego, este hijo de perra me siguió lanzando más tiros.


No pasó mucho hasta que este infeliz fue atrapado por la policía. Jamás fue a la cárcel. Loco, el hijo de perra se declaró loco, y creo que lo estaba para matarme de la forma como lo hizo, tal vez olvidar sea un buen mecanismo de defensa, igual, la gente ya lo ha olvidado; yo no puedo, cuando uno está muerto tiene toda la eternidad por delante para pensar las cosas con mucha calma, para recordarlo todo.


Desde dónde estoy puedo ver como todas las noches antes de dormir, el asesino se repite la misma frase: “tengo que protegerme, tengo que cuidarme de un hijo de puta que me quiere matar y quitarme todo mi dinero”. Luego saca una tarjeta de crédito vencida, la besa y se queda dormido. El enfermero del sanatorio lo observa desde la mirilla.


Harold Rodríguez

martes, 2 de marzo de 2010

NO CONFÍES EN LO QUE TE ESCRIBO




Lo cobarde es que no me hayas dicho que ya no quieres salir conmigo. Lo valiente fue decirte que tampoco quería salir contigo esta noche. Después de todo, ya no somos tan amigos y creo que a pesar de no vernos tan seguido, como me gustaría, no has cambiado mucho. Tú eres engreída y cuando lo quieres puedes ser tan mala como me gustaría que lo fueras con los demás, con los que quieren ser tus novios, pero no conmigo. Yo soy un poco malo con los demás, pero contigo soy la forma más exagerada de mi parte buena, de mi lado humorístico y amable. Y tal vez por eso fue mejor no salir juntos esta noche, quedarme en casa y ver el partido de “Sporting Cristal vs Universitario” tomando una coca-cola y hablando temas ligeros con mi amiga Natalia. Mi amiga, que también es tu amiga salvo que lo hayas olvidado, tal vez es mucho más linda que tú. Tal vez más bonita y de ojos más iluminados que tú. Pero yo no la quiero como te quiero cuando no te veo y me paso extrañándote toda la noche hasta comprender que te quiero bien. Natalia no me quiere porque no se le da la gana de ser nada mío, y respeto eso, y tampoco me interesa ser más que su amigo. ¿Te dije que te quería más que a Natalia, cierto? Sí, lo dije. Y te lo diría todas las veces que tú me lo pidas o que tenga que decirlo, porque es verdad. Y a ti, a diferencia de otras personas: no te mentiría.


Manuel es un chico alto, amante de las salidas de fin de semana, chacota, playero y skater mezclado con un toque Emo (si aquella combinación puede existir en una misma persona), 22 años. Mirada irónica; una carrera de Derecho en la UPN. Mi mejor amigo. Tu ex.
Natalia es la chica más linda que he conocido en mi calle. Nunca fue mi amiga cuando éramos niños, porque al igual que ahora, no se le daba la maldita gana de ser nada más que mi amiga y solo mi amiga, y lo respeto y por eso la quiero y la considero una de mis mejores amigas. La más honesta y la más buena ─ dependiendo de lo que la motive a hacer las cosas “bien”─. Con una carrera por terminar en la UCV, mi psicóloga preferida. Profesora en Técnicas Americanas. Ojos gitanos. Cabello castaño. La chica que considero mi amiga y solo mi amiga. La chica con la cual estoy saliendo porque somos amigos. Y porque sé que con ella no te podría traicionar, ni engañar, y con seguridad así salgamos muchas veces sé que siempre la amistad prevalecerá y tú serás la chica que me motiva y me hace seguir escribiendo y leyendo y haciendo muchas cosas interesantes.


Esta noche, a diferencia de otras noches en que te llamo al salir de clases, no he tenido ganas de verte. No sé, simplemente quiero que entiendas que a veces me gusta despertarme tarde, leer cuatro horas seguidas unas novelas que tú siempre consideras “malazas” y que yo considero “malazo” que no te animes a leerlas conmigo; que sepas que tampoco me gusta ir a la playa y que a veces me gusta estar solo para volver a extrañarte. Decirte esto me parece lo más cobarde y valiente que he escrito en estos últimos días en que no me has leído, no porque ya no te guste como escribo, si no, porque también estás saliendo con Manuel. Lo sé porque ayer te he visto entrar con él a Cinemark. He tenido tiempo de observarte mientras compraba en la confitería; pues tú sabes que, a veces, me gusta ir al cine solo. Y después de todo, si me volvieras a preguntar si te quiero, te diría: “No, ya no te quiero”. Y sería una respuesta muy relativa pues sé que la misma podría cambiar en la medida que pasen los días.


Después de escribir todo esto sé con seguridad que debemos estar juntos. Por lo menos los miércoles como hoy, en los que tengo dos entradas y Manuel ninguna.


Harold

viernes, 20 de noviembre de 2009

Fotografía anticipada


Cuando Sebastián supo la cantidad de dinero que ofrecían en internet por ese libro antiguo, dejó todo lo que tenía pendiente, apagó su móvil, se puso una ropa ligera y se dirigió con los ojos brillosos hacia el antiguo cuarto de reliquias que había dejado su abuelo. Hacía años que no había bajado al sótano donde su abuelo guardaba sus libros más preciados. Entró y encendió una tenue luz que en cualquier momento podría apagarse. Ese lugar de la casa contenía muchas cosas que de niño siempre le interesó saber. Caminó resuelto hasta llegar a un rincón. Encontró una franela aun limpia, como si alguien ya hubiera estado ahí . Se fijó en un moderno reloj digital que había quedado sobre el baul. Estaba empolvado, sucio; un reloj japonés exactamente. Se había detenido misteriosamente un viernes 20 de noviembre del 2072. ¿Quién pudo adelantar y dejar ahí ese reloj digital? ¿Hace cuatro décadas ya se fabricaban estos relojes? —se preguntó Sebastián, mientras con cuidado guardó el reloj pulsera en el bolsillo de su pantalón—“No, de hecho que no”, pensó. Abrió el baúl y empezó a buscar con cuidado, podría haber alguna araña o algún bicho raro ahí dentro. Utilizó la tela que estaba ahí y fue sacando y limpiando cada cosa que encontraba. Encontró desde palos de golf hasta revistas escritas en francés, inglés, italiano; siguió buscando entre las cosas empolvadas y halló antiguas pelotas de fútbol firmadas con tinta fresca, cartas escritas en una prosa tan cargada de figuras literarias que no comprendía. Un libro de Borges, una carta inflamada a una señorita de parís—que no era precisamente su abuela—; pero jamás encontró el libro que buscaba. El tiempo se lo había llevado; el tiempo o su abuelo, o tal vez fue a dar a la chica de parís.

Tomó el reloj pulsera que había encontrado. Lo miró distraidamente y vio que ahora marcaba la hora y fecha actual. “No puede ser, qué extraño que resulta todo en este lugar”, pensó mientras caminaba presuroso a la salida. Volvió a mirar el reloj y nuevamente marcaba la fecha y hora anterior, la que venía marcando por tantos años en ese lugar olvidado. Pensó en tirarlo pero desistió de la idea, pues de algún modo le resultaba familiar y hasta le gustaba tenerlo. Era bastante moderno y de seguro que ninguno de sus amigos tenía uno así. Por lo menos le serviría para impresionar a sus amigos del instituto.

Cuando estaba por cerrar la puerta, una fuerza que desconocía le hizo regresar. Se dirigió hasta el centro del pequeño cuarto, caminó unos pasos y encontró un papel sobre la mesa que alguien había improvisado. Tenía un mensaje que le habían dejado. Lo leyó con mucha calma, tratando de saborear las pocas palabras que tenía. El mensaje decía: “el reloj marca la hora final. Las fotos muestran un instante. La página número 356 del libro tiene la respuesta. Encuentra el libro, actualiza la hora”. Sebastián pensó que estar ahí terminaría por volverlo loco. Cuando quiso romper el papel amarillo y gastado por el paso de los años, comprobó que había sido escrito en computadora. La luz tenue fue perdiendo fuerza y Sebastián supo que en cualquier momento se apagaría para siempre; antes de salir, justo detrás de la puerta, había un saco negro muy caro, estaba nuevo, su abuelo lo había dejado ahí o “alguien” lo había dejado ahí, en todo caso: sería suyo. Era muy sofisticado, demasiado para estar ahí en ese cuarto sucio y abandonado. Alguien debió de haberlo dejado ahí porque quería dejarle un regalo. Se lo puso y cerró la puerta, mientras se alejaba sentía como la luz cándida del foco que alumbraba se iba apagando lentamente hasta convertirse en un hilo de luz que ya no alumbra.

Se dirigió hasta su cuarto, contento por el abrigo y el reloj moderno que había encontrado, y al no reclamarlos nadie, ni tener dueño por tantos años, era justo que él fuera el único dueño. Era lo que Sebastián pensaba, mientras echado en su cama, imaginaba lo que le dirían sus amigos del instituto. “¿Pero de dónde sacaste ese abrigo, ese reloj?” Sí, eso sería lo primero que le dirían. Él no lo sabía pero…eso no importaba mucho. Tampoco importaba mucho el libro, con lo que había conseguido era más que suficiente. Pensaba en que si vendía el abrigo le darían mucho dinero, podría con ello comprarse una netbook, una consola de Play station 3, muchas salidas y muchas películas en 3D con su chica, etc. Sebastián siguió relajado, pensando en muchas cosas que de seguro haría, hasta que se quedó dormido.

Fue la tercera vez que sonó su móvil. Sebastián pensó que sería su chica, que lo llamaba para quedar una salida a lo de su amiga Danna. No fue así, era la voz de un hombre, exactamente alguien que antes ya había hablado con él, hace mucho tiempo, pero que ya no recordaba el nombre. Tratando de despertarse por completo, Sebastián contestó y solo pudo oír: “mira la foto, que tengas suerte”, y cortó. Sebastián pensó que sería alguna broma ¿qué foto?, él no tenía ninguna foto reciente; no había salido de casa todo el día, eso era imposible. Se paró y fue hasta el espejo. Se miró y se llevó tremenda sorpresa. Sus ojos estaban a punto de dejar escapar un par de lágrimas. No podía ser. No podía haber sido un sueño. Ya no tenía puesto el reloj, ni el abrigo, ni tampoco la ropa que utilizó para ir hasta el cuarto del abuelo. ¿Cómo pudo contestar si tenía el móvil apagado? Lo apagué para que no me llamaran mientras buscaba ¡No puede ser, maldita sea! Fue lo más rápido que pudo hasta el cuarto del abuelo, entró sin importarle nada, ya no sentía miedo ni curiosidad. Sentía una cólera mezclada con una tristeza melancólica de haberlo perdido todo. De haber perdido todo eso que sintió suyo. Cuando entró al cuarto del abuelo lo vio todo limpio, una luz blanca iluminaba el cuarto y mostraba su gran vacío. Solo había una mesa y una pequeña caja ahí dentro. Sebastián pensó: “pero esto es una broma que alguien me quiere jugar, si sigo terminaré por volverme loco”. Ya nada le importó, tomó la caja y salió con ella hasta su cuarto. La abrió y encontró una cámara digital Sony, muy moderna para estos tiempos. Cuando puso el código en la página de Sony se dio con la sorpresa que aun estaba en desarrollo. Solo tenía una foto. En ella aparecía abrazado con su abuelo, en Isla de Pascua; lucía puesto el reloj y el flamante abrigo negro. Ambos sonreían para la foto. Había sido tomada el 20 de noviembre del 2072.

Pasaron sesenta años desde ese día. Sebastián nunca le contó nada a nadie de lo ocurrido en ese cuarto del abuelo, ni a su madre. Siguió su vida normalmente, como todos los que compran su ropa y relojes en las tiendas. Sony sacó el modelo de cámara que había encontrado en la cajita. El reloj japonés se volvió muy popular entre los chicos que querían estar a la moda. Ese viernes por la noche, Sebastián fue lentamente hasta su cuarto. Notó que ya tenía un aire que antes había percibido, varias cajas con sus objetos más preciados en la esquina más lejana— era el cuarto de un anciano solitario—. Abrió el cajón, sacó la cámara Sony que seguía flamante, con muchas fotos de sus nietos; Se puso los lentes y volvió a leer la página 356 de “Mil libros”. El libro que había comprado por internet, pagando una fortuna. Miró su reloj y eran ya las 11:45 pm. Esa noche, Sebastián durmió tranquilo. Su viejo abrigo negro colgaba de la pared.

Harold Rodríguez

Aquí les dejo un video que me gustó mucho! XD


martes, 15 de septiembre de 2009

El golpe de los débiles



—Levántate de mi carpeta, Rodrigo—me dijo, Pereda, desafiante—.No le hice caso y seguí resolviendo las preguntas de arte, que el profesor había dejado para final de la clase. No lo miré. Traté de no escucharlo. Mientras miraba mi cuaderno, unas manos fuertes, interrumpían mi lectura. Me tomaban de la camisa y me tiraban al suelo. Mientras yo trataba de seguir sentado en mi carpeta. No entendía hasta ese momento—cuando estuve en el piso, con los libros a mi lado, y los lápices regados por todos lados—que era lo que pasaba, hasta que advertí que algo andaba mal, como era de esperarse cuando uno tiene que tratar con ese tipo de personas tan irracionales.

Estaba en el suelo, desde ahí abajo, lo veía grande, más corpulento, un perfecto abusivo para alguien como yo, que dedicaba mis horas de ocio a hacer las tareas y no a jugar esos partidos de muerte a la vuelta del pabellón. Por un momento hubiera deseado pararme, gritarle todo lo que se merecía ese abusivo y ¿Por qué no? Sacarle la mierda, de la misma forma como tantas veces les había pegado duro a mis amigos. Que incapaces de hacerle nada solo lo miraban con miedo, porque no era respeto, era solo eso: miedo. Cosa que yo no sentía y que disimulaba muy bien, mientras lo veía con ojos del violento más cosmopolita que por eso años el colegio había visto pasear por sus patios.

—Esta bien, Pereda, quédate con la carpeta—le dije, mientras recogía mis cosas sin bajarle la mirada. —maldita sea, si fuera como Marco Tantalean, lo tendría ya en el suelo a este abusivo—pensé—.Me puse de pie y me senté a su lado. Justo sonó el timbre de reinicio de clases y todos empezaron a entras rápidamente para copiar la tarea hecha de los que se habían quedado resolviéndola.

—Jóvenes, me alcanzan sus laboratorios— dijo el profesor mientras se colocaba unos lentes redondos, como los de Alfredo Bryce, que le daban la seguridad y ese aire intelectual para poder decirnos con toda la autoridad moral del mundo: “les falta mucho por aprender, alumnos, alumnos míos.” —Ahora lo recuerdo, como también recuerdo su intervención final en esta historia—.

Durante la clase no hice más que planificar las distintas formas y eventualidades que podrían suceder. En ese momento sentí un fuerte deseo de hacer justicia en ese salón. Después de un análisis exhaustivo, rompí un pedazo pequeño de hoja cuadriculada de mi cuaderno de Arte, y le escribí algo breve. Corto, pero claro. No era necesario decir las cosas de frente, el profesor podría notar el mensaje, y entonces estaría perdido todo. Decidí usar un código simple, como para que su par de neuronas declaradas en huelga desde siempre, puedan entender. “A la salida, rojo sobre verde. Tu jamás amigo, R.”. Se lo pasé dentro de un cancionero de Libido. No tardó mucho en darse cuenta del mensaje. No regresó el papel, volteó y me quedo mirando desafiante. Yo, ahora no lo miraba. Seguía escuchando la clase.

Antes de salir le conté a todos mis amigos. Me miraron con cara de preocupación, yo les dije que le sacaría la mierda, en nombre de todos los que de alguna manera se la quieren sacar desde hace tiempo, pero no se atreven. Todos reímos—menos mi amigo Marco Tantalean, que sabía lo que eso significaba, y ni el mismo se había atrevido a retar a semejante animal, cuya mente no pensaba más en ver sangre sobre la tierra, y repartir golpes e insultos dignos de un ladrón de esquina.


Esa tarde llegaron todos, nunca para una reunión grupal o examen llegarían tan puntuales, y me miraban con cara de una especie de héroe incomprendido, condenado a no ser conocido nunca, más que por los que asistan ese día. También llegaron algunas de nuestras amigas, en especial, Karen. Ella había venido con sus amigas del colegio. Que dirían las monjas Mejicanas si supieran lo que estarían por presenciar esos ojos verdes, claros, guapísimos. Ojos, a fin de cuentas que no verían más de lo que siempre vieron en mí. Al muchacho alegre, espontáneo y, a veces, luchador y defensor de los débiles de cuerpo; pero fuertes de pensamiento.

Se armó una especie de rueda. El aire olía fuertemente a tierra seca. De pronto, se abrió ese círculo hermético, para dejar pasar a Pereda, con la camisa abierta, zapatillas de educación física, y un peinado más descuidado que las computadoras del colegio. Ahí estaba, desde lejos me miraba con odio. Yo no sentía odio por el, lo que sentía era…que había llegado muy lejos, tanto así, que si en ese momento quisiera correr, evadir, delegar o posponer la pelea; toda esa gente ávida de violencia sin límites no me dejaría; no hasta ver como esas camisas se manchaban de rojo. —como les había prometido…en el papelito—. Vamos a ver que tenemos aquí—le dije a Pereda, que ya se daba golpecitos en la cara—.No te la dejaré tan fácil. Yo también tengo una serie de habilidades aprendidas en muchísimas horas frente al televisor—pensé—. Se escucho una bulla y todos fijaron sus miradas en nosotros. Yo esperé que él dé el primer ataque. Desde atrás Karina me daba buena suerte, ¿La necesitaría ahora? No lo sé.


— ¡Vamos, Rodrigo! ¡Tú puedes! —Fácil era decirlo, pero hacerlo yo…—Levanté la mano, en señal de seguridad. Y me puse en guardia. Como un cazador sin ningún tipo de arma recibe a una fiera salvaje que intenta matarlo. A lo lejos veía como Pereda se me acercaba, y en segundos, un puño furioso, cortaba el aire mientras pasaba muy cerca de mi cara. No se quedó tranquilo y arremetió ahora con otro puñetazo que pude contener a duras penas. Siempre tratando de alejarme, siempre mostrando seguridad, de todas maneras, eso, lo que quiera que sea…tenía que terminar. Tenía que regresar a mi casa a terminar de ver la Saga de Hades. —Muy buena—, tenía que regresar para ver a mi novia, para besarla, decirle que le había pegado a un abusivo; y permitir que sus frágiles manos tocaran mi rostro, para que esté segura que no había pasado nada ese día.

Su pie logró hacerme caer al suelo. Lo tenía encima y me cubría la cara. —en el suelo no vale pegar—grito, mi amigo, Marco, pero la colla de Pereda no le permitió meterse. Aprovechando esa distracción le metí un golpe a la altura del estómago que me permitió ponerme en pie. —Ahora es mi turno, maldito—le dije, tomando aire, el necesario para concentrar toda mi cólera, y todo mi asco contra ese idiota. Y sentir que ese solo golpe era el golpe de todos. De todos lo que se veía representados de alguna manera, incluso era el golpe del Profesor de Arte. —pues Pereda siempre se pasaba diciendo que el curso de Arte, como el de Literatura, es “estudiar y leer a puro Afeminado; son mariconadas, por último”. Medí bien la distancia y la intensidad correcta, mismo curso de Física elemental, para darle de lleno. Y Sentí mi puño contra su rostro. Mi mano no sentía dolor alguno, pero Pereda que durante tanto tiempo había golpeado a los débiles, ahora recibía el mismo golpe multiplicado. No se hicieron esperar los gritos de júbilo y alegría de mis amigos. Una nube de polvo se levantó mientras en el suelo, un ya vencido y tocado en el ego, Pereda. Hacia ademanes y se reponía. Para regresar a mí.

Pensé en mi novia, sentí que no era una persona violenta. Lo que más me reconfortaba fue golpearle duro a ese negrito irrespetuoso, que ahora mordía por primera vez la tierra. Y que ahora lo tenía frente a mí, como una fiera que se juega su último ataque. Ahora era diferente. Yo tenía armas para hacerle frente. Se acercaba corriendo a toda velocidad, lanzando miles de groserías y amenazas. Cuando en ese momento, la nube de polvo desapareció por un momento. Unos lentes redondos se veían a la distancia. Ahora de forma más clara. — ¡Carajo, el profesor! —gritaron—. Todos corrieron rápidamente para no ser reconocidos. Cuando miré nuevamente solo veía a Pereda sentado en el suelo. Y la mano del profesor de Arte tocaba mi hombro. En su rostro no había amenaza, tampoco una severa sanción por pelear con el uniforme puesto; por el contrario, un gesto de agradecimiento y contento se veía en su expresión. El sol radiante brillo violentamente en esos lentes redondos, mientras Pereda aún no salía de su desconcierto, y nos miraba como a unos completos extraños. Torpemente buscaba a su contrincante, mientras nos alejábamos de ese lugar. Yo estaba ahora en mi casa, esperando a Karen, mientras terminaba de ver las últimas películas, de estreno, que la piratería me podía ofrecer.

Desperté temprano, me alisté el uniforme, salí en el primer bus que pasó para el colegio. Al entrar al aula todos me miraron. Se hizo silencio por unos minutos. Me senté al último de la fila ese día, y no delante como era costumbre, desde atrás podía ver todo panorámicamente. Faltaba uno…ese precisamente era, Pereda. Llegó tarde y se sentó justo a lado mío. Me miró diferente, al poco rato me alcanzó un papel pequeño, con rastros de tierra rojiza, que decía: Solo por esta vez, te presto mi carpeta, Rodrigo. Mientras levantaba la mano para decir que Salvador Dalí es el autor de “la persistencia de la memoria”, y que es su pintor favorito. Desde lejos el sol formaba extrañas figuras en los lentes redondos del profesor.




Harold

lunes, 14 de septiembre de 2009

Recuerdos inventados


Viernes, once y media de la mañana. No sé con exactitud que estoy haciendo nuevamente frente a la computadora, cuando en realidad lo que debería es es-tar estudiando para un examen parcial de relativa importancia. No sé nada, y si lo supiera, que no es algo habitual en mí, no me importaría mucho. Igual estaría sentado escribiendo algunas cosas que luego no leeré y seguramente olvidaré en unas semanas. Ahora tengo ganas de escribir, especialmente porque no sé el tema, ni que decir. Me pongo cómodo, tomo un poco de aire, me quedo en silencio un rato… y no se me ocurre nada, entonces tengo la sutil idea de escribir algunos recuerdos de mi vida—que supongo a nadie más que a mí le importarán—y me dejo llevar, trato de recordar algunas cosas, pero no se me viene nada a la mente. El recuerdo de buenos o malos momentos me es esquivo. En todo caso, esos recuerdos no quieren que los traiga al presente para hacerlos públicos. Yo comprendo que no quieran, porque no me gusta hablar de mi vida privada; pero escribirla cambiando algunas cosas, que no sé si realmente podrán ser cambiadas, es distinto. Llego a la conclusión que tendré que recordar ciertas cosas, cambiando algunos detalles. Y eso es lo que estoy haciendo ahora. Porque no los recuerdo, o porque prefiero no recordarlos con veracidad. Me recuesto sobre la silla y tomo un poco de agua mineral. Como no comprendo nada de lo que voy a hacer, me rió, y me seguiría riendo de no ser porque, Nadia, mi vecina, me observa desde su ventana. Sé que tengo que empezar a recordar y escribir aquello que pensé que había olvidado.

Lo primero que recordé


Desperté muy temprano y me alisté para ir a mis primeras clases. Había lustrado con esmero mis zapatos, que se veían relucientes, y tenía puesto mi mandil azul con rojo, que tanto me gustaba. Mi madre me había preparado una lonchera espectacular, todo tipo de golosinas y cosas que jamás se deberían poner, por un momento pensé que me dirigía a un cumpleaños. “Para que invites a tus amigos”, me dijo, yo no pensaba compartir nada de eso con nadie. Me acerqué a mi padre que me felicitó por despertarme temprano—cosa que no ha sucedido en estos últimos tiempos—, y después de hacerme la prueba de reconocimiento de mi mano derecha e izquierda, que aprendí fácilmente y sin verme obligado a ponerme una cadenita roja para saber la mano correcta, me fui. Pero antes de verme partir me dijo que espere, y secretamente me puso una moneda en el maletín. Me dio cinco soles. En ese momento sentí que era muy rico, tenía mucho dinero para gastarlo en lo que quiera. Con mi pequeña fortuna, podía comprar muchos helados, muchas figuritas o cosas que ahí vendían en la puerta de ingreso. Estaba feliz de poder gastarlo en cosas que no necesitaba, pero que siempre era bueno tenerlas—hasta ahora compro cosas que no necesito y luego sé que eso no me hace feliz, y las dejo por ahí olvidadas o las regalo—. Sabía con seguridad que al otro día, si me portaba bien, secretamente mi padre me volvería a dar la propina.
Mi padre, un hombre serio, amable, inteligente y razonable, con habilidades que yo no he podido o no he querido heredar, o no las he advertido todavía; que desde pequeño he admirado en silencio—y algún día se lo diré, pero admirarlo secretamente me parece una manera muy noble de quererlo—, que difícilmente habla grosería alguna, y tiene buen gusto para leer pacientemente los diarios dominicales y no seguir los campeonatos de fútbol, que no le interesan o si le interesan, le importan casi lo mismo que mis escritos. Mi padre siempre ha querido lo mejor para mí—aunque yo no lo haya entendido de esa forma—, y un día me haya dejado de dar esa propina que me hacía tan feliz en mi infancia, cuando lo veía mucho más alto que yo y me emocionaba tanto en las noches cuando llegaba del trabajo, me ponía su casco y sus zapatos de goma, y por un efímero momento me sentía un ingeniero, sin saber exactamente que era, pero me creía ingeniero en todo caso.
Pasé mis primero años en un Jardín que siempre fue una buena excusa para despertar temprano, cruzar dos parques y sentir el olor especial que solo las plantas bien cuidadas le daban a uno la certeza de saber que está a punto de llegar a su jardín, mientras el aire frio jugaba en mi rostro. De amplios parques, zonas muy bien cuidadas y juegos por todos lados, era un pequeño paraíso donde podíamos hacer lo que se nos ocurría, donde la mitad de la semana nos pasábamos recorriendo y descubriendo nuevos lugares, nuevos animales que ahí vivían y logrando a esa edad mis primeros amigos. Sin prejuicios, ni diferencias—que ahora me cuestan tanto, porque sospecho que puedo ser mala gente, sin querer—, Todos vestidos con mandiles o buzos azules, bien peinados, y siempre con una sonrisa para las monjas que eran tan estrictas, y siempre querían que estemos sonriendo; a esa edad con seguridad todas nuestras sonrisas fueron de verdad. —Y lo sé, porque lo sé.
Recuerdo cuando rompí accidentalmente el estetoscopio de un médico, que era el padre de uno de mis compañeros. Fue mientras salió para conversar con la directora, nos acercamos con curiosidad, mi amigo Luis Zaplana se puso el aparato y empezó a jugar, así pasamos por turnos, hasta que tocó el mío, lo sujeté mal, y se me calló para golpear duro contra el piso y malograrse. Al regresar el médico no supo que decir, buscó al culpable con la mirada, cuando me miró sentí como si me estuviera pasando un radiografía a la conciencia, no dije nada, pero supe que me había descubierto. Ese día no tuvimos recreo, tampoco al siguiente día. Resistimos ese castigo absurdo con estoicismo, mientras nuestros padres se mostraron impasibles frente al abuso de quitarnos ese tiempo de valioso compartir y descubrir. Lo mejor de todo fue que nunca nadie me delató, y solo se nos entregó una ficha pequeña con un mensaje breve, nunca le dimos importancia—en ese tiempo todavía no sabíamos leer, por tanto paseo, por tanta pereza de las monjas, o porque no era necesario saber leer a esa edad.
Muchos años después asistí a una consulta, en un hospital cercano al Jardín, y reco-nocí al médico. Ese día supe que la consulta me costaría más de lo normal, y por precaución no tomaría las medicinas de la receta. El médico tenía un estetoscopio en su mesa. Salió un momento a conversar con el director del hospital. Mis ojos brillaron nuevamente, como hace muchos años. Sonreí.
Fue divertido cuando en nuestros muchos paseos de descubrimiento, encontramos a una tortuga que no podía escapar de nuestras primeras travesuras y amor por los animales— especialmente de aquellos que no podían huir de nosotros y eran capturados fácilmente, sin esfuerzo alguno—, Y resignada se escondía en su caparazón y se entregaba al dulce y reparador descanso. Dormía tranquilamente mientras hacíamos todo tipo de combinaciones de colores en su caparazón, que era en verdad enorme, tendría todos los años que pueda llegar a tener una tortura de vida sosegada y sin preocupaciones. Hasta que nos pillaron y en complicidad con el jardinero tuvimos que esconderla en el otro jardín. Y la pobre demoró como dos días en poder llegar nuevamente a su lugar, para descansar tran-quila, y libre de nosotros, y poder entregarse al placer más grande y gratificante que es dormir. A lo lejos, desde nuestro salón de lunas reflejantes podíamos ver el caparazón pintado con nuestros primeros dibujos. La tortuga nos miraba desafiante.
De chico me sabía todas las fechas cívicas importantes, y ese conocimiento que ahora es innecesario por la existencia de Google, o porque ya no lo recuerdo; por esos tiempos me hacía merecedor de decenas de estrellitas y felicitaciones. Sólo por contar hechos y cosas, que en realidad a ninguno de nosotros nos interesaban mucho más que esperar la hora del recreo. Pero que el solo hecho de contar “el sueño de San Martín” era un hecho memorable para las Madres, y para mí, que regresaba a casa con unos sellos de felicitación impresionantes en los cuadernos. Y el hecho de tener la mayor cantidad de sellos en el cuaderno, me hacía aprender un montón de fechas sin importancia. Pero de importancia vital, para conseguir los sellos y el reconocimiento, que no era necesario, en esos tiempos.
La chica que estaba a cargo de nosotros, era realmente guapa. Yo de alguna manera lo sabía, y ahora lo sé, pero mi corta edad me impedía poder demostrarlo. Y me contentaba con el hecho de que me dé besitos cuando me caía, o cuando me caía intencionadamente, y hacía una representación teatral muy aceptable. Se llamaba Camila, y sospecho que Camila si hubiera nacido en el año que nací o un par de años después, tendría que estar conmigo. Tendríamos que ser por lo menos amigos o “buenos amigos”, pero ella nació mucho antes, y tal vez así fue mejor, pues no hubiera tenido profesora más simpática que ella.
Ahora está casada con un señor de la F.A.P., que por esos tiempos era su enamorado; que le compraba muchos regalos y deliciosos dulces, que ella compartía con nosotros, espe-cialmente conmigo. —Gracias por los dulces señor de la F.A.P. No le volví a ver nunca más, pero recuerdo a su linda esposa dulcemente, cuando nos recibía a todos con un besito cómplice de nuestras travesuras y una sonrisa, que siempre me ponía cuando me caía y con sus manos tiernas me hacía callar. Y así aprendí que también los adultos pueden sonreír de verdad. Y confieso haber aprendido de usted ese gusto por hacer regalos que a veces son muy oportunos y necesarios.
No fui un alumno destacado, pero era realmente bueno en determinados temas, para las fechas, para pintar, contar historias y cuentos que ya no recuerdo, y para mirar tiernamente y poder sacar una sonrisa a la persona más seria. Para robar una mirada a la persona que quiero; y para poder estar feliz de escribir esto, aun sabiendo que un día lo olvidaré nuevamente—y tal vez para siempre—. Yo sospecho que fui un buen alumno, y aunque sea algo que no puedo probar, tengo la seguridad que era bueno, y por eso quería tanto a las monjas—a las madres, como les decíamos siempre—y a mi guapa profesora de ojos gitanos y sonrisa dulce.

Lo último que recordé


Una mañana antes de ir al colegio encontré el celular de mi padre. Era un aparato gigante, prácticamente un raspador de hielo; pero una cosa rara para esos tiempos. Me puse a jugar y hablar con personajes inventados, y amigos que no tenía; y de haberlos tenido, con seguridad no tendrían ese aparato. De casualidad entré a la agenda de contactos. Entre ellos encontré uno que me despertó interés. En la pantalla verde con letras grandes salía un número que decía: Alcalde. —Por esos tiempos este alcalde se había apoderado de la ciudad, y hacía construcciones que nadie quería, necesitaba, ni el mismo sabía con certeza si eran necesarias. Yo sabía que Trujillo tenía dos cosas eternas por esos tiempos: “la primavera y el alcalde”.
No esperé mucho, después de asegurarme de que nadie vendría, tomé el teléfono y me tapé con un cobertor para sentirme camuflado y poder hablar sin ser visto. Presioné el botón verde, y esperé. Una timbrada, dos, tres, pensé que sería imposible y no me respondería. De repente, una voz serena me contestó:
— ¿Cómo va todo, ingeniero?—me dijo.
—Mal, todo va muy mal. —le dije con voz impostada, conteniendo la risa.
— ¿Quién habla? —preguntó con sorpresa.
—Habla el alcalde escolar del colegio A.R. —mentí.
—¡Pues que gusto! Tengo una reunión que me espera, pero dime…
—Seré breve. No se preocupe. Solo quiero pedirle un cosa—no sabía exactamente lo que pediría, pero igual, siempre los mayores piden cosas que no necesitan—y le dije: quiero un parque bonito. Bien arreglado, para mi colegio.
—Pues eso es algo muy fácil. Tú sabes que mi gestión se caracteriza por poner bella esta ciudad, donde la primavera es eterna. —Pensé: pues usted también es eterno y sus camisas blancas también lo son. Pero no se lo dije, naturalmente.
—Bueno, entonces, pequeño amigo, así quedamos. Ya sé donde está tú colegio. Yo estudié ahí—mintió—y en esta semana mandaré ahí a mucha gente para que puedan poner lindo el lugar, para los niños. —volvió a mentir.
—Le agradezco, en nombre de todos los niños de mi cole. Y espero que pronto estén mejorando mi jardín.
—No lo dudes. Eso corre de mi cuenta, pequeñín. —Yo sonreí. Me gustó que me tratara así, con respeto; pero sin olvidar que soy un niño. Un niño pequeño.
—Nos vemos. Y saluda a tu papá.
Me sentí descubierto. Tiré la manta que me cubría. Yo sabía que ya no lo volvería a llamar. Y mi padre me regañaría por gastar su crédito de esa forma.
—Adiós, alcalde. Y no deje de usar esas camisas.
—Eso es porque representan la transparencia de mi gestión. Y me quedan bien. —rió, comprensiblemente, porque él sabía que era mentira.
—Cuídate—me dijo, y colgó.
Yo no quería que pongan lindo el lugar para los niños, pero sí quería que sea lindo para encontrarme con mi amiga Luciana, que tantas veces había pensado y planeado sin éxito darle un besito, de amigos, pero siempre su movilidad llegaba antes. Y me quedaba sentado en la banquita, esperando a mi movilidad, que siempre demoraba, para que me lleve a casa, en medio de unas chicas del P.S. que me parecían insoportables, pero a veces, muy simpáticas. Y reíamos mucho, mientras el señor Roldán, nos deleitaba con sus dotes de buen chofer, y a pedido de todos, soltaba por unos segundos el timón, y el carro zigzagueaba y pasaba uno a uno a los demás autos. Nos sentíamos felices. Y el se sentía feliz de poder hacernos reír tanto.
El parque de mi colegio nunca fue refaccionado. Nunca pusieron una pequeña plantita, nunca llegó ese camión a regar agua descontroladamente. Eso no pasó. Así comprendí, a mi corta edad, como funciona la política, me sentí decepcionado de ese señor. No lo volví a llamar; pero me gustó su trato tan bueno. Me gustó mucho su forma de mentir—que supongo he perfeccionado inconscientemente—. Mi padre nunca supo que había hablado con el alcalde.
Terminé mi primaria. Con el mismo parque de siempre. Comprando cientos de cosas que los ambulantes vendían con rapidez, a la espera que en el momento menos pensado aparezca la policía municipal y les decomise todas esas figuritas en las que gasté gran parte de mi dinero llenando cada álbum que salía, y que ahora se han perdido para siempre. Y solo el recuerdo me trae de vuelta esos momentos de alegría cuando conseguía la única figura difícil y tenía por fin el álbum lleno, listo para guardar como un tesoro —que he perdido con el paso del tiempo, cuando sin darme cuenta mis intereses ya no se reducían a buscar figuritas, ni goma para pegarlas.

En el mismo parque frente a mi colegio, estando en primer año de secundaria, ahora lucía con muchas flores, que no pedí, que ya no esperé encontrar, pero que estaban ahí, fir-mes, lindas, elegantes, que formaban un espacio más que interesante. Me atreví a darle un besito a Luciana, que no se negó. Y supongo no se negó porque ese día tenía puesta mi primera camisa blanca y le había dicho que me la regaló el alcalde.







Harold.

El recuerdo de la última ola

Fue un día soleado, exactamente mediodía, cuando decidí ir a dar un paseo por la playa, esperando poder aclarar ideas y liberarme de las preocupaciones en ese ambiente relajado y alejado de todo, comprar alguna artesanía, ver como la gente pesca en el muelle, y tomar un poco de sol —que siempre me hace falta—. Sin pensar en otra cosa que estar ahí, sentado en la arena en algún lugar calmado, sin mucha gente que pueda molestarme y mirando las extrañas formas que hacen las olas. La universidad, los exámenes, mi casa, mi celular y Andrea; todo podía esperar—pensé.

Viajando en un dorado micro Huanchaco. Pensé: como es posible que esto pueda estar tan lleno de gente — era el encuentro de todos los peruanos, todos con un mismo destino. Desde el señor que apuraba la marcha con su canasta de pescado, hasta un par de turistas que ya se ponían sus gafas de sol, Armani—. El carro alcanzó una velocidad sorprendente. No tardó mucho para poder llegar a su destino. Esperé que bajen la mayoría de las personas para bajar con los turistas, que a duras penas podían bajar con esas mochilas cargadas de todo tipo de artículos, tan diversos como gente venía en el carro.

Lo primero que hice, tan pronto estuve fuera, fue tratar de ir lo antes posible a la arena. Sacarme las sandalias y sentir el contacto de mis pies con la arena. Eso no sería posible por el momento, porque un vendedor de artesanía y más, me había interceptado rápidamente. Mirándome como quien esta seguro de conocer las necesidades y motivos de la gente para venir al lugar, me dijo:

—Tengo lentes de sol, Puma. Son originales, con serial y todo.
—No, gracias. Por ahora no deseo lentes. —le dije.
—Págame lo que tú creas que valen—dijo mirándome con malicia—. Como te dije: son firmes. Póntelos, te quedarán bien.
Le dije con voz seria y caminando decididamente:
—Muchas gracias, pero será en otra oportunidad. Y sobre sus lentes: están muy buenos. Con seguridad encontrará alguien que se los compre sin problema. Si me permite, tengo que ir a la playa.

El vendedor con estilo de ladrón camuflado siguió diciendo una serie de propuestas y ofertas, tan increíbles que algo tenía que andar mal ahí. Sin mirar atrás, caminé lo más rápido que pude. Me detuve para regresar la mirada a este exigente vendedor. Ahora ya no estaba solo. Tenía las manos a la espalda, casi agachado, y caminaba hacia un auto de lunas polarizadas. Desde el auto un policía hacia señales para que recojan la mochila. Entró en el auto y se fueron. Traté de no volver a voltear. El sol caía fuertemente sobre mis ojos, ahora rojos por el fuerte sol de mediodía. ¿Debí haber comprando esos lentes mientras se podía? — me dije—, pues no. Yo nunca sería partícipe involuntario de robos camuflados; aunque me ardan los ojos y tenga el dinero suficiente para poder comprarlos.

Toda la tarde la pasé sentado en la arena, comiendo el último helado que me quedaba, mirando a la gente bañarse, pensando como puede ser que posiblemente sea yo el único que no sabe nadar, que no gusta del sol; pero que se pasa varias horas sentado en un mismo lugar. Viendo como las olas mueren frente a mí, cada vez más cerca, como queriendo alcanzarme. De pronto recojo todas mis cosas y me dirijo al muelle para terminar mi tarde de reflexión, de reencuentro personal, de soledad muy brava; de tranquilidad que solo la complicidad de los lugares apartados de una playa puede dar. Ahora mi playa. Mi playa de los sueños.

El muelle sigue como siempre, tal vez ha cambiado un poco, pero yo lo veo igual. Cuando niño venía con mi primo a pescar. Me emocionaba mucho sacar un indefenso pez que nada puede hacer frente a la tentadora carnada que lo saca de su lugar, que le cambia la vida para mal, que le juega el peor de los engaños. Y después de eso, será muy difícil que pueda regresar. Yo siempre los regresaba. Nunca más volveré a ponerles esos ganchos malvados, que se les incrustan en la boca para hacerlos caer. No, no lo volveré a hacer. Así que no quiero ver ese espectáculo macabro—pensé—. Me retiro al fondo, mientras escucho las risas y celebraciones de la gente, muy emocionada por haber pescado, solo por diversión. —algunas diversiones siempre me parecieron muy extrañas.

Me quedé parado ahí un par de horas, contemplando el mar. Siempre me gustó mucho contemplarlo, a pesar que nunca visito la playa; pero las pocas veces que lo hago no pierdo la oportunidad en tener contacto con la naturaleza. Tan poco comprendida, justamente por su simpleza. Así pasaron como dos horas. Había olvidado que el tiempo no se detiene, no perdona siquiera el pararse por un momento, detenerse a pensar, esperar o recordar lo que esperabas. Simplemente avanza, y siento que avanzó tanto, que sin querer me había dejado casi solo. Solo en medio de una masa agitada de agua y sal. El sol también estaba por ocultarse y eso me decía que era hora de regresar. Que tal vez el día fue bueno, que me relajé y ahora estoy más tranquilo para regresar a lo que hago todos los días últimamente; regresar a casa, preparar el informe para la universidad, prender el celular y llamar a Andrea.


Justo cuando estaba por salir del muelle, ese conjunto de tablas que sentí casi vacío, desolado, cansado de haber soportado a tanta gente desde siempre, pude ver a una chica muy guapa, mirando con mucha atención el ritmo de las olas. Yo era un completo extraño, ella también. Pero me acerqué, no sé exactamente porqué lo hice, pero lo hice. No tenía ningún tema para abordarla. Solo la simple pregunta de que hacía alguien como ella—turista posiblemente— sola en un muelle, mirando con tanto gusto lo mismo que yo he estado mirando todo este tiempo. Tenía que decirle que mejor sería salir de ahí, pues el lugar era peligroso para una chica, sobretodo para una chica sola, bonita, y sola…—me gustó la combinación—.Le toque ligeramente el brazo y le dije:
—Señorita, es peligroso estar a esta hora por acá. Supongo estás sola. Sería bueno que regreses a casa—le dije esto del modo más amable posible—.Veo que estás muy concentrada. Tal vez deba irme, discúlpame. —pensé que no me había escuchado.

— ¿Te gusta el mar? — me dijo sin voltear a mirarme—.Todo esto es tan tranquilo. Tan perfecto ¿no lo crees? —preguntó con voz suave, sin esperar una respuesta rápida, por el contrario, como si la conociera.

—Si, yo siempre he disfrutado de la calma y la tranquilidad que me transmite. Sobre todo cuando, a veces, el mundo me asfixia. Pero son pocas las veces que vengo a esta playa—le dije mientras me acercaba más a ella.

—Es la primera vez que vengo a Perú. A Trujillo exactamente; me ha gustado mucho, pues siempre he encontrado algo que se convierte en un buen recuerdo. Y no precisamente de esos recuerdos que hace rato me ofreció un esforzado vendedor al borde de la playa. Como no le compré nada: se llevó mis lentes. Que importa, no eran originales—decía esto mientras reía. Yo también reía mientras pensaba en el vendedor.

El sol estaba por ocultarse, no sin antes mostrarme claramente en la primera mirada que nos dimos, los ojos color caramelos más hermosos que ese día había visto por la playa, sus cabellos dorados; su rostro pequeño, la sonrisa de una niña que busca conocer el mundo. La voz tierna, entre otras cosas, hicieron que decididamente muestre la mejor de mis sonrisas. —mis ojos también brillaron, como nunca antes.

Pasamos sin mostrar mayor interés por esas tablas tan separadas, que muestran en la profundidad el agua, ya fría a esa hora, caminamos rápido, sin darnos cuenta que aún no nos conocíamos. Pensé: que estoy haciendo. No debería, ella posiblemente es menor de edad. Podría ser una trampa, una trampa como la que se le tiende a los peces. Podría alguien estar esperando en algún lugar específico, y en un momento estar sobre mí para quitarme el poco dinero que me ha quedado. Pensé: A veces también la suerte, el destino, o lo que sea, puede jugar a mi favor. Por qué pensar que esto puede ser peligroso, si hasta ahora no ha hecho si no alegrarme el día, muy diferente de tantos otros. Sería injusto que piense eso de ella por el simple hecho de no conocerla. Terminaré con esto ahora. —pensé decididamente mientras la brisa hacía que cierre los ojos y no pueda voltear a verla.

—Bueno, fue un gusto haberte conocido. Eres una chica muy interesante, no sé...por lo menos me gustaría acompañarte hasta que tomes un taxi. Saber tu nombre. Supongo estarás unos días por acá, y luego regresarás a continuar con tus labores, tu vida, tus amigos. —dije esto con la esperanza de llevarme siquiera el recuerdo de su nombre.

—Sandra Castello, Soy estudiante de Comunicación, Ahora estoy de vacaciones por unas semanas. ¿Ahora me dirás tu nombre? —me miró esperando ansiosamente mi respuesta—.
—Sergio Cassos, estudiante de Administración, también de vacaciones—elegidas voluntariamente, y solo por un día—, en mis ratos libres gusto mucho de la lectura, también de la pintura. Todo lo vanguardista, todo lo abstracto. Todo tan raro y a la vez interesante como lo que ahora me esta pasando. Nos está pasando. Agregaré también que soy bastante desordenado, para compensar. Ja, ja—reímos, mientras veíamos la playa con poquísima gente, ya casi todos se había retirado. Decidimos conversar un rato más, ahí mismo, sentados en la arena, con la complicidad del ruido de las olas. El sol Ahora se había ocultado.

Se sentó a mi lado y sacó del bolsillo de su pantalón un celular bastante extraño, tanto así que hasta ahora sigo buscándolo en los catálogos y no encuentro nada parecido. Me miró de frente, con la mano levantada para llamar mi atención, mientras se puso a mi lado con la cabeza muy junta a la mía. Me dijo suavemente al oído:

—Esté será mi mejor recuerdo: una foto muy linda con alguien a quien ahora conozco un poquito.
—Pero espera, estoy muy despeinado por la brisa, me puedes dar un momento—le dije, esperando su comprensión. Pues siempre odio tomarme fotos si no estoy arreglado.

Fue demasiado tarde. Lo vi todo blanco, por el flash del teléfono tan cerca de mis ojos. Ahora tenía en su celular una foto muy buena, la única que tomaría esa vez. Y la única foto mía con alguien a quien solo conocía un par de horas. Nos quedamos un rato viendo esa imagen. Dos personas que no se conocen, que posiblemente no se vuelvan a ver más en su vida; que viven tan lejos, pero que un día se encuentran casualmente por algún extraño motivo en una playa norteña, en un muelle vacío mientras miran las olas en una tarde especial y se toman un foto; eso es algo demasiado improbable, pero ha pasado. —le dije, mientras ella ahora escribía sobre la arena mojada.

Me contó del museo Dalí, que es de lo mejor que se puede visitar, de sus clases de piano que su madre le impuso estudiar, cuando ella lo que quería era escuchar a U2. De la vida repetida, hasta en cierto punto aburrida. Todos los días lo mismo, las mismas reglas, las mismas personas, lo mismo de siempre. Un día decidió viajar con sus amigas aprovechando las vacaciones, y mientras sus amigas la esperan en el Hotel. Ella aprovechó un rato para salir a contemplar el mar. Que es lo único que encuentra siempre algo suyo, en todo lugar donde va. Como una atracción, que a veces sin preguntarte nada te trae cosas muy buenas. —Yo pensaba exactamente lo mismo.


Ya era demasiado tarde, para una chica como ella que no conoce la ciudad y para un chico como yo, que está muy lejos de su casa y seguro ya tendrá el celular con varias llamadas no contestadas. Decidí despedirme, agradecerle por la excelente compañía, conversación, por la foto, por su tiempo; por todo lo bueno que podía haber sido ese momento junto a ella. Sobre todo ahora que tendría que dejarme de ver con ella, por razones obvias. No tenía celular. No tenía papel para anotar nada. Solo la memoria cuidaría celosamente ese momento, tal vez para siempre. Ahora las olas estaban ya muy cerca de nosotros y yo no quería por ningún motivo que me mojaran. A ella parecía no importarle, le había gustado tanto mi forma de contarle como era Trujillo. Una ciudad tranquila, sacada de alguna obra de García Márquez, donde posiblemente tendría que pasar cien años de soledad para poder volver a tener un encuentro como éste. —Yo, no tenía quien me escriba.

—Me ha encantado saludarte. Eres realmente muy inteligente y es obvio que también bonita. Pero ahora tengo que regresar, muchas cosas están pendientes. Y espero que disfrutes toda tu estadía en esta ciudad. Fue muy lindo conocer a una chica como tú. Gracias por todo Sandrita. —le dije con mucha confianza, con la misma que ella me trataba.
Me disponía a levantarme cuando el agua me lo impidió. Todo mojado por una ola que nos había alcanzado, ella se reía, pues pudo verla venir. Yo no tenía más ropa que la que traía puesta, y ahora la tenía mojada. No era justo, solo un par de segundos antes y nada hubiera pasado, pero bueno, de todos modos tenía que regresar a casa y cambiarme. Ella tomó mi mano y me dijo que quería un último recuerdo. Me invitó un chocolate M&M´s, ella comió otro, y ahora me dijo:

—No pienses nada, solo acércate. Es un beso de amigos.
El rumor de las olas llegaban desde lejos, no me importó que me sigan mojando, olvidé todo en ese momento. Fue el beso “más dulce” que he tenido en estos últimos veranos. ¿Un pequeño momento puede durar tanto? No lo sé. Sé que fue lo mejor que me ha pasado desde esa última vez que fui a la playa. Toda oscura, toda silenciosa y cómplice de una despedida muy romántica. La arena mojada, sus manos tomando las mías, y ese beso que jamás volvería a ser mío. Pero ahora lo era. Era nuestro pequeño “gran beso de despedida”.

Cuando nos alistábamos para pararnos, tomar las cosas e ir por un taxi, una gigantesca ola nos dejó completamente mojados. Totalmente. Yo no salía del susto, ella nuevamente lo había visto venir y no me dijo nada. Se acercó a mí nuevamente, me tomó la cabeza con ternura, mientras me decía:

—Te prometo, Sergio, que ésta será la última ola. En serio, te lo aseguro. —mientras que su mirada, ahora muchísimo más hermosa, me decía lo contrario.

Desde lejos, casi mezclados con la arena y con el mar de testigo, se podía ver a dos jóvenes que se seguían besando; sin importarles la hora, el peligro que trae estar solos en esa playa, las cosas pendientes, los amigos que seguramente a esa hora ya habrían llamado preocupados; nada de eso les importaba.


Regresé a casa preocupado, me bañé rápidamente mientras enviaba mis informes por correo electrónico. Por fin en mi cama pude pensar en todo lo que pasó ese día. Así seguí pensando y recordando ese lindo momento toda la noche, recordando esos besos con sabor a chocolate, la arena mojada, el ruido del mar; recordándola hasta quedarme dormido. De madrugada desperté y recordé que no había prendido el celular. Fui a ver mi teléfono. Lo prendí y tenía un mensaje que decía: “Recordaré siempre la última ola”.




H.R.

domingo, 13 de septiembre de 2009

El partido de tus sueños


Fue de madrugada cuando sonó mi celular, entre sueños y con los ojos dormidos, contesté sin siquiera fijarme quien era la persona que me despertaba a esas horas—de todos modos siempre es un número privado—, esta vez fue diferente. No fue precisamente una llamada, si no más bien, un mensaje de texto. —No existe peor cosa que interrumpir mi sueño de madrugada, y peor si es con un mensaje—pensé. Lo abrí para ver el contenido. Era breve pero lo suficiente para recordarme muchas cosas, que inútilmente había pretendido olvidar con decenas de horas de lectura y chat, con fiestas y paseos. El mensaje decía: mañana en casa de Sandra Castello, no faltes. Y lleva algo diferente. Besitos.


Pues era increíble, como se me podía haber olvidado que era el cumpleaños de mi ex. — ¿Y ahora de donde consigo un regalo?—pensé, mientras volvía a leer el mensaje—. Toda la ropa formal que tengo esta sucia. No tengo mucho dinero por ahora. No tengo las mismas ganas de verla nuevamente, pero ahora es su cumpleaños, y tal vez, podría hacerle un pequeño regalo. Algo que le hiciera recordar que la quiero, que la recuerdo—y ella también me recuerda, con seguridad—, pero que por el azar, o lo que sea, ya no es lo mismo. Por ahora no tengo muchas ganas de pensar en el regalo. No tengo tiempo; todos los posibles lugares estar cerrados, no tengo idea de que podría regalarle, y por último, así tuviera el regalo en mis manos, no tengo la menor idea de cómo envolverlo, ni donde pueda conseguir un papel adecuado. Prefiero dormir, pienso borrar ese mensaje y olvidarme de todo. Pero un breve recuerdo me lo impide. Me quedo pensando, mientras sigo escuchando las canciones de Shakira en mi mp3, “pesa más la rabia que el cemento”.


Despierto temprano, son casi las 6:00 am. Casi nunca me levanto esa hora—Soy un dormilón, y duermo mucho porque si no duermo mis ocho horas luego me siento mal todo el día, y tengo que estar sosteniendo una sonrisa mentirosa, que fijo previamente mirándome en el espejo del baño. Por eso tengo que dormir lo que mi cuerpo necesita. Y solo así puedo hacer mis cosas cómodamente, más tranquilo y relajado; hasta podría decir que las hago bien.


Ahora tengo que conseguir el regalo—me dije, resueltamente—, pero cuando estaba por salir a comprar su regalo, recordé que en un lugar secreto de mi cuarto, en una caja pequeña, tenía algo especial que le había preparado y por algún motivo, no pude dárselo a tiempo. No puede entregárselo y se quedo conmigo, hasta ahora que de repente he recordado tenerlo—y me gustaría no tenerlo, pero está precisamente muy cerca de mí—. No se lo entregué porque ese día peleamos— últimamente siempre lo hicimos—, pero esa vez, fue porque sentía que tenía que decirle algo. Fue lo último que no le llegué a decir, y precisamente lo tenía escrito en el papelito de la dedicatoria. Pero ahora eso ha cambiado. Ya no tengo nada más que decirle. Solo: ¡Feliz Cumpleaños!


Tenía en la mano un regalo presentable, pequeño pero muy bien envuelto y dedicado. También el último perfume que compré después de terminar con ella, y traía puesto el terno de mi amigo Luis Podesta—que en una noche de salida, me lo había regalado, contengo porque le había ayudado con Karina. —ahora su novia, la misma del mensaje—. Todo tendría que salir bien. Tomé un taxi y le indiqué al conductor que fuera lo más rápido posible, pues no quería llegar tarde. Tenía el volumen del carro al máximo. Me vi obligado a apagar mi mp3, y cuando le pedí que escuchara su partido de fútbol a un volumen menor, me miró con una extraña sonrisa, mezcla de burla y sorpresa, y me dijo:


—Que lo baje, no pues. Si no te gusta, puedes tomar otro carro, Chibolo—agregó, mientras al parecer ponía más alto su maldito volumen. Y yo sentía que si no me resignaba a soportar ese ruido infernal, y la voz ronca de un esforzado narrador que decía que fue “un tiro espectacular que pasó rozando el travesaño”. Yo sospecho que fue un tiro desastroso y seguramente la pelota se fue directamente a la tribuna popular, pero siempre un partido narrado en la radio, es “otro partido”. Pensé que no llegaría a tiempo y nuevamente me puse los audífonos.


— ¿Qué no te gusta el fútbol? —me preguntó, mientras adelantaba a otro taxista que le gritaba: Cachudo. —fue divertido escuchar eso, y posiblemente lo sea.
—Si, a veces lo veo, pero no me gusta practicarlo mucho. No tengo tiempo. —le respondí sorprendido de su exagerada confianza, acompañada de su “buen trato”.
—Ah, pues que raro eso. Deberías de practicarlo más seguido. Todos los hombres jugamos fútbol. ¿O tú no sabes jugar?—dijo esto mientras sonreía, y agregaba que todos los que no juegan son hinchas de Sporting Cristal, que son unos “Pavos” y encima borrachos.
—Si, últimamente volveré a practicarlo. La universidad es la que me quita todo el poco tiempo que tengo.
—Pues, así se habla, chibolo. Yo a tu edad, jugaba que daba miedo. Y encima después del partido, la chela con los amigos. Nunca te olvides de eso —dijo esto como si yo le hubiese pedido consejo, o que hacer con mi vida.
—Sí, tiene razón. Dejaré de estar tan concentrado en los estudios. Me relajaré más. —le dije esta mentira para que ya no molestara más.
—Pues ¡salud por eso!—me dijo, mientras sacaba una lata de cerveza Cristal.


Llegamos a una esquina, un auto rojo estaba parado, respetando el semáforo—ante la ausencia de policía—, pasó despacio, y cuando estaba cerca, aprovechó para gritarle: ¡avanza, idiota! Que no ves que no esta el perro. Y luego volvió a acelerar y subir su volumen, par escuchar su interminable partido. —por un momento odie el fútbol y sus narradores.
Recuerdo que en primaria siempre jugaba, primero de delantero, luego defensa, para terminar de arquero. Pero jugaba. Con que derecho este tipo viene a decirme que no sé jugar. Si tuviera un balón le demostraría que aun se hacerlo. Y mejor que él, que está gordo y con seguridad no podría alcanzarme, y habla mal de mi equipo, porque sus jugadores son mayormente buenos, y el no. Tienen buenos carros y el no precisamente. —Mejor tendré que bajar de una vez. Porque siento que estoy en el Estadio, y en tribuna popular—pensé.


¡Gol de la U!—se escuchó en la radio— y el taxista lo gritó como si fuera la final del mundial, de pronto, el comentarista dice que se acaba de anular la conquista: fue posición adelantada.
— ¡No puede ser, como pueden jugar con la ilusión de la gente! ¡Es injusto! Árbitro maricón. Si fue gol legítimo. —dijo esperando que yo lo apoye. Yo me sentía feliz.
—Ya ha pasado, seguro que voltean el partido—dije esto esperando que nunca pasará.
Yo pienso que este hombre tiene que haber sido algún futbolista frustrado, una suerte de comentarista incomprendido, un canalla que obliga a todos sus pasajeros a escuchar un fútbol tan aburrido como sus conversaciones. Es una suerte que por fin he llegado a la casa de Sandra. Bajo del auto, mientras veo que este hombre, implacable infractor de cuanta norma de tránsito exista, arranca lleno de rabia, a lo lejos se escucha la voz del narrador. No voltea a mirarme, sigue como en otro lado. Yo prefiero que no me mire. Y me alejo rápidamente para ver en la otra esquina, por fin: la casa de mi querida ex. —Tampoco todo fue malo, presa de un encabronado odio y venganza contra un árbitro que nunca conocería, no me había cobrado. Y estoy seguro que esa jugada fue gol. Pero me encantó el hecho que el árbitro no la cobrara.


Estoy por entrar a la casa de Sandra, cuando una pelota de fútbol me cae de lleno en el pecho, manchando mi camisa blanca. Y haciéndome sentir como la persona más infortunada del mundo. — ¿Cómo puede pasarme esto justo ahora que le veré después de todo este tiempo—pensé. Frente a su casa, en una cancha sintética, que habilitó su padre para jugar con sus amigos, pude verla a lo lejos, también estaban Martín Nieto y Jorge Zane—que había egresado de la Católica, y ahora se dedicaba a contar sus conquistas, y casi nunca lo aprendido en los cursos, ni los libros que sus ojos miraflorinos, jamás leyeron—. Me acerqué con la seguridad que se reiría de mi mala suerte, de mi camisa ahora gris. Pero no permitiría que se rían. Yo los adelantaría contando alguna broma que hiciera pasar inadvertido este difícil momento. Y todo salió muy bien. Hasta que de repente, apareció de entre toda la gente, la abuela de mi ex.


—Otra vez se aparece por acá, jovencito—me dijo mientras abría su lata de coca cola, y me apuntaba con su bastón, mientras con la otra mano acomodaba su sombrero del Real Madrid.
—Si, es una sorpresa. Es por el cumpleaños de Sandrita. Usted comprenderá, ahora somos muy buenos amigos—mentí, porque ella no me hablaba—, y quiero darle un pequeño regalo.
—Déjate de tonterías, mi nieta no está en casa. Salió temprano con su novio, un joven que estudio Economía en La Pacífico, y ahora le está sacando lustre a su título. —me dijo esto con mala leche, como para que me doliera. Pero me reconfortó mucho. Me alegró saber que por lo menos ella, había encontrado una buena persona. Que con suerte la podría hacer feliz. Que le contaría secretos, cosas divertidas, que le invitaría a lugares caros; pero que jamás la miraría como tantas veces la he mirado yo.
—Me alegra, señora. Como le dije, solo he venido a saludarla. Nada más.
—Pues está bien, no esperes mucho. Tal vez demoren, y si tienes prisa, yo le entregaré lo que le trajiste—tenía la seguridad que tiraría mi regalo en cuanto me fuera. Sonreí confiando en su buena fe.
—No, gracias. Yo la espero. Mientras decía esto sentí una ráfaga de aire en la cara, un disparo desviado había pasado muy cerca. Casi me da de lleno. Y entonces, no habría quedado más remedio que regresar a casa, tirar la camisa blanca y guardar para siempre el regalo. Felizmente no pasó. Desde la cancha un flaco muy alto me hacía un gesto medio raro. Yo levanté la mano y le repetí la señal.


Me la pasé viendo a la gente tomar cerveza, comiendo parrilla hasta el cansancio, tomando coca cola light y esperando pacientemente a mi querida ex novia. Por fin llegó. Karina me saludó mientras me hacía ojitos para decirme —en nuestros códigos—que aproveche mi última oportunidad. Todos saludaban a la cumpleañera, un torbellino de besos y abrazos, decenas de sonrisas que encontraban respuesta en la hermosa sonrisa que ella siempre tenía para todos. Pues siempre podía sonreír, a pesar de los malos momentos. Incluso ahora, que me veía desde lejos, que me acercaba a ella lentamente, con el regalo, que le tenía reservado. Eran mi primer conjunto de relatos. Sólo tenía una copia, había borrado los archivos de la computadora, para dar la posibilidad que los pierda o no le gusten y tengan que quedar olvidados por siempre. En la primera página tenían una dedicatoria muy especial: para M. que eres tú —que sólo entendería luego de leer el último relato que le había dedicado.


Me abrazó fuerte, y fue suficiente ese pequeño instante para estar seguro que la quería, a pesar que, a veces, sin querer, me ocultaba las cosas; a pesar que teníamos los problemas que toda pareja tiene, pero que luego pasan y se solucionan. Su mirada aun coincidía con la mía. Y no había cambiado el perfume que le regalé. Me sentí feliz.


—Ya, ya, está muy largo ese abrazo— dijo una voz desde la pequeña tribuna. Era su abuela, que nunca me ha querido para su nieta, que piensa que soy un ocioso, que se dedica a leer un montón de mariconadas que escriben los novelistas. Y hasta tengo el atrevimiento, de no contento con leerlas, también escribir una que otra.
La dejé, pero mientras me alejaba lentamente de ella. Pude percibir la última esencia de su perfume, muy cerca, demasiado cerca. Casi justo a lado del corazón. Y en ese lugar, no se me puede olvidar— no se quitará bañándose—. Me quedó mirando y me dijo:


—También te extraño, Sergio. Gracias por venir. Y gracias por el libro que me escribiste—no había abierto el regalo, pero me conocía tanto que sabía que era. Y sabía que le había dedicado el último y mejor relato. Solo para ella. Por regalarme la historia. Y por regalarme tan gratos momentos.
—Fue porque así lo he querido. Y porque te lo mereces, por todo—después de decir esto pensé regresar a casa, pero el ambiente no era malo, por el contrario era bastante entretenido. Sentado con unos amigos, que conocí en un diplomado, comentamos del viaje a Miami del buen amigo Ronald Quintero, y ahora su flamante esposa, Lucia Granados—mi ex compañera de grupo, y amiga—y las chicas que no paraban de bailar. Yo hablaba y decía cosas que sonaban muy bien, pero luego ya no recordaba nada —siempre hablo muchas cosas bonitas, pero luego ya no me interesa recordarlas, supongo porque serán mentira. O porque soy muy espontáneo. No lo sé—. Yo solo me concentraba en ver a Sandra, Karina y sus amigas divertirse bailando con sus primos que habían venido de España, bailaban espectacular, tenían ropas importadas… ¡Y Ole! La estaban pasando muy bien. Ella bailaba con el más solicitado por las chicas, pero mientras bailaba la canción de moda, sutilmente me miraba, y mientras brindábamos por la buena vida, el éxito y las últimas conquistas, yo también la miraba.


En la cancha, mi amigo André Durán, estaba rendido, demasiado cansado como para continuar. Y pedía su cambio. Pero no había nadie dispuesto a reemplazarlo, o porque estaban bailando y sacando el número de celular a alguna chica despistada, o porque nadie dejaría la parrilla y el trago por pelotazos y golpes en un partido que muy pocos veían. Pero ahora advertí que Sandra y sus amigas se habían ubicado justo frente a la cancha y veían con atención el partido. Eso era más que suficiente para animar a cualquiera. Pero lamentablemente yo no sabía jugar partido. Y menos haría un ensayo delante de ellas. Ni pensarlo. Seguía tomando mi gaseosa. De repente, desde la otra tribuna, la abuela gritó:


—Que entre ese jovencito, que se la pasa ahí sentado, tomándome las gaseosas. Vamos hijo, no hagas esperar a la gente. Entra a la cancha. Que ahí tienes un uniforme. ¡Pero apúrate!—quería hacerme quedar mal, lo sabía.
—No, señora. Yo no juego partido. —le dije, cuando la tenía cerca.
—¿No sabe jugar? No te dije, hijita, éste es medio cabro. Solo los cabros no juegan partido. Ya algo me decía, mi experiencia, no tengo estas canas por las puras. —Y Sandra se molestó mucho con ese comentario tan decrépito. Pues todos los comentaristas deportivos y mucha gente, no juegan fútbol. Y no son precisamente muy cabreados que digamos.
No permitiría que esta señora me insulte y me ponga en duda frente a tanta chica guapa, no pues. Jugaré porque puedo, porque quiero, y porque me da la gana. Así que me mentí a mi mismo—como tantas veces— sobre el poder hacerlo, y pensé que meter una pelota a un arco, no es cosa del otro mundo. Hice una señal al joven de los uniformes, me puse toda la ropa deportiva—salvo la protección, que sospecho la abuela escondió premeditadamente—. Desde la otra tribuna la atenta mirada de la abuela me seguía. Yo sonreía, mientras entraba a la cancha. El sol radiante me hacía sentir que no sería un partido normal.


No diré que fue fácil, varios pases me salieron mal. Algunos de mis compañeros de equipo ya estaban pensando en mandarme a la defensa, pero siempre existe una última oportunidad. Fue Marcos Tantalean, que se corrió toda la cancha, me habilitó y me puso un pase preciso, digno de juego virtual. Y cuando tenía todo el arco en frente. De pronto volteé a ver a las chicas que gritaban entusiasmadas, pero luego me vi en el piso, y con un dolor muy fuerte en la pierna, una barrida casi mortal me había sacado la pelota. Un flaco altísimo me ayudó a levantarme rápidamente—hubiera preferido que no lo haga—, y pensé: porque justo ahora tengo que estar haciendo esto, en medio de toda esta gente que juega tan compulsivamente, y sin el menor remordimiento te hace volar por los aires ¿por qué las reglas lo permiten? —desearía haber jugado partido en todos mis recreos del colegio, en lugar de pasármela comiendo y tomando refrescos.


Me levanté, tome aire y esperé pacientemente la última jugada del partido. Estábamos empatando y no quería que el partido terminara de esa forma. Siempre tiene que haber un ganador— aunque a veces no tenga que ser yo—. Pero eso hace que valga la pena, el esfuerzo que ponemos en el juego, lo hace digno. Algo me dijo que ahora me tocaría mi turno. Y estaría ahí para aprovecharlo. Solo es cuestión de esperar el momento adecuado, la jugada adecuada, y con un toque sutil pondría el triunfo y la celebración del lado de mi equipo.


El balón llegó de forma inmejorable, y me dirigí al área chica, pisé bien la pelota y pude esquivar con facilidad a un torpe defensa que sólo entendía el fútbol con la fuerza bruta, solo frente al arco miré y concentré toda mi energía en ese disparo—dedicado para mi querida ex—, que miraba con atención—y deseaba que anotara—, disparé con fuerza, la pelota se fue a clavar al ángulo superior izquierdo del improvisado arco. El disparo sacó el polvo alojado en ese rincón. Mientras el arquero veía desde el suelo como la pelota giraba lentamente dentro de las redes. El fuerte y cortante sonido del silbato les decía a todos que había anotado un GOL. Mi mejor gol, y se lo dedicaba a Sandra, que ahora me aplaudía desde el otro lado. La abuela decía: yo lo vi adelantado. Ese arquero no es tan bueno, mejor sería si estuviera jugando mi Pedro, que es un verdadero jugador y la rompe en la segunda de España.


Ese día fue de lo mejor, no solo anoté ese gol, si no que descubrí que también podía jugar bien, cuando tenía ese tipo de motivaciones. Y que la pisaba bien, y zigzagueaba una y otra vez. Fue un momento muy recordado. Pero todo partido tiene un final. Esta vez gané. Pero aún me esperaba la verdadera final. Justo ahí, frente mío. Mientras la gente se retiraba a sus casas, cansados y satisfechos de haberse divertido, comido y bebido para todo un mes. Yo sólo pensaba en lo que le diría. Sólo pensaba en su mirada. La abuela se retiraba molesta, llevándose las botellas de agua mineral, y siempre mirándome de reojo, hasta perderse entre la gente. —Seguramente era la hora de su novela. Y cuando le toca ver la novela. Todo puede esperar—Yo sonreía, victorioso.


Nos quedamos solos, la gente se fue, y Karina comprensivamente se despidió de su mejor amiga, mientras me guiñaba para darme la buena suerte. Pasamos lo que restó de la tarde conversando de nuestras vidas, ahora como dos buenos amigos, pero que tiempo atrás fueron más que eso, contándole mis ocurrencias y escuchando sus comentarios sobre la gente, sobre el peor y mejor vestido, sobre mi golazo al final del partido, y los comentarios—nada agradables a mi gusto—de su querida abuela, que cuida de ella como si fuera su hija—mientras sus padres están de viaje, viviendo esa vida relajada de la gente que tiene dinero, y deja sus hijos al cuidado de la abuela o cualquier pariente—, después de todo. Fue el mejor partido que he jugado. Venir ese día fue lo mejor que había hecho en mucho tiempo. Tal vez ya no será como antes. Pero estoy seguro que esos instantes. Por lo menos esos últimos instantes que pasé con ella, fueron muy hermosos. Me mostró el papel de la dedicatoria del libro y me dijo que lo llevaría siempre con ella. A pesar que ahora tenga que alejarse de mí. Y posiblemente no nos volvamos a ver. Siempre me recordaría. Porque estaba segura. Que yo sería siempre su mejor enamorado. Y yo pensaba lo mismo. La quería mucho. Pero de una manera diferente. Algún día lo entendería. —pensaría en mí, en algún café de París. Y sería feliz.

La pelota se había quedado en las redes del arco, como recuerdo de mi gol. La cancha vacía, las luces del segundo piso de la casa estaban encendidas, abajo la cancha se mostraba ahora iluminada. Dentro del arco, justo en la línea que determina el gol, ahora nos besábamos. Sentí que había marcado mi mejor gol. El último, pero el mejor.

Harold.